Suelo esconder mensajes y hablar bajo con la intención de que no me escuchen.
Me sorprendo a veces cuando Agustín escucha un te quiero susurrado al viento y contesta aún sin yo esperar respuesta.

Solía escribir cartas destinadas a alguien y guardarlas para mí. En mis cajones aún continúan papeles donde dibujé palabras que nunca pude decir, así como aquellas en donde coloqué aquello que necesitaba decir, pero ya era muy tarde cuando lo intenté.

Me gusta jugar a meter pequeños mensajes en los bolsillos para que mis pensamientos vayan en ellos. Aún cuando el significado nunca llegue a su destino, imagino que las palabras acarrean una fuerza intrínseca que magnetiza lo que siento de manera que aunque nunca lo diga, el sentimiento se abrace a mis palabras y lo envuelva.

En mi egoísmo, ese no esperar me produce felicidad.

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