Aunque mi padre le pone mucho empeño a eso de cuidar el automóvil, sinceramente comienzo a creer que es una cualidad que viene junto con el género. Y es que hasta el momento, aunque me gusta mucho mi cochecito, de no ser por las visitas ocasionales de mi padre (y de la cuenta que me pasa al final por todo lo que le hizo al auto y otras tantas en las que me hago tonta), sinceramente no sé qué sería del pobre auto.

Hasta el momento lo más que llego a hacer por él es pagar la cuenta de $300 pesos de gasolina que se traga semanalmente, ya me figuro que si no lo tuviera la cuenta del transporte sería quintuplicada, así que no batallo en eso.

De hecho, a la fecha no he podido completar mi cronograma de servicios al automóvil. Un programa a prueba de tontos en donde me digan con peras y manzanas qué se le pone, dónde se le pone, cada cuándo se le pone, y especialmente… ¡a quién le digo que me lo ponga! (esto ya sonó a albur). Sin embargo es cierto que los niños desde pequeños se les adiestra en el arte oculto de encontrar el taller adecuado, a mí aún me dá pánico llegar a uno y comenzar a explicar mi problema, porque temo que me tomen el pelo.

Hasta el momento mi directorio de situaciones de emergencias se reduce a:

  1. Gasolinera
  2. Arregladuría de llantas
  3. Taller mecánico automotriz
  4. El otro taller de aceititos y liquiditos

Pero creo que me he quedado corta, porque el último altercado que tuve con el auto no pudo repararlo ninguno de los anteriores.

Miren. El año pasado mi papá (tan bueno y lindo) me regalo un chunche que se conecta en el encendedor del auto y con ayuda de una memoria USB los ipod y demás truquerías inventadas por el demonio salieron sobrando. Finalmente pude pasar del radio y colocar todas mis “chinadas” (así le dice mi padre a mi música rara)… pero una mañana, sin mas ni mas, el encendedor saltó una chispa. La burra de yo encendió el auto sin darse cuenta que la cabeza de la chunche esa se había desprendido y estaba haciendo contacto… so… tuve suerte de no acabar achicharrada (por un encendedor).

Después de revisar luces (¿encienden?), motor (¿¡Enciende!?) y que el mentado auto siguiera funcionando, pude constatar que algo había dejado de funcionar: mi encendedor (y luego supe que también el aire acondicionado, pero quién piensa en aire acondicionado cuando en Puebla hace harto frío).

Total… le dije a mi hermana: “hermana, si quieres usar el auto tienes que encontrar quién arregle eso”. Como buena niña que soy, le dejé las responsabilidades del auto a alguien mas, y le dí $50 para un imaginario fusible que ella sigue negando que le dí.

Después de un mes (snif snif) aún no habiamos encontrado un lugar en dónde nos pudieran decir qué le había pasado al mentado automóvil (y la bruta soy yo), so en la siguiente visita de mi padre se lo puse en sus manos (diciéndole que le cobrara los $50 a mi hermana) y asunto arreglado.

¡So!
Las lecciones aprendidas:

  1. Debo encontrar a alguien a quien cederle la responsabilidad de mi automóvil (no así el automóvil).
  2. cuando cambies de auto, revisa donde esta la batería (hasta ahora mi auto podía haber pasado por eléctrico, ya que la canija no mostraba ni sus luces).
  3. Todavía hay $50 aún perdidos en el limbo.

¿Qué se le hará?
Por lo pronto muerte a los comerciales y a los locutores.

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