Muchas veces tengo que lidiar como intermediaria entre hermanas, aunque pareciera que es sólo una la que se queja de la otra. Una de mis hermanas es extremadamente callada y reservada, a veces es difícil saber lo que pasa por su cabeza o si sufre de alguna pena. La otra es lo opuesto, es llorona, gritona y quejumbrosa; totalmente abierta y te dedica sonrisas lo mismo que insultos.

Vivir con cada una tuvo sus altas y sus bajas. Recuerdo que a la edad de 20 años disfrutaba enórmemente salir con la callada. Caminábamos largas jornadas en tanto la restante se quedaba rumiando en casa porque eso de caminar no le gustaba.

Ahora que vivo con la gritona no puede ser mejor. Después de haber pasado una temporada muy mala (alrededor de unos 6 o 7 años de adolescencia obligatoria), ahora que es obligatorio vivir juntas hicimos el pacto de no molestarnos la una a la otra. Muy por el contrario, somos cómplices en casi todo. Mi hermana se ha vuelto una de mis mejores amigas, así como la otra lo fué en su tiempo.

Este fin de semana vino mi hermana, la seria. Y sin embargo no estuvo conmigo.

Mi otra hermana lo resintió. Se enojó. Hizo un berrinche muy propio de ella y luego se le olvidó.

Yo sin embargo me puse a pensar en el fondo de toda esta situación. Y lo que pude sacar en claro es que, como todos, a veces la dosis de medicina que necesitamos no viene de nuestra familia, sino de nuestros amigos.

Mi hermana vive sóla en una ciudad extraña, a donde no termina de acostumbrarse. Lo único que hace todos los días es trabajar e incluso su perra vive en mi casa, por lo que no tiene compañía. Si yo pasara un año en estas condiciones me escaparía mas seguido hasta donde viviera mi mejor amigo, saltándome a todos… tan sólo para que alguien me pudiera escuchar y aconsejar como sólo él lo puede hacer.

No he escrito nada parecido hasta el momento.