Oscar Wilde

No sé por qué, pero en cierto modo todo lo que leo me remite a Agustín. Probablemente me dirán todos que es porque estoy enamorada, probablemente les contestaré que si, que tal vez no, que simplemente las letras y él ya son una cosa. Pero hablemos del libro, si señor.

Cierto día ya lejano, en un viaje de regreso de la mano, íbamos él y yo sentados, quietos en un banco. Mientras el paisaje sufría afuera las desgracias del atardecer, él lentamente y con voz lastimera iba narrando, leyendo para mí este texto.

Lo recuerdo en inglés, un inglés pausado y algo gutural. La narración en vilo de alguien que va susurrando, susurrando un secreto tal vez, tal vez algo mas. Le dije hace ya mas tiempo atrás que este era uno de aquellos libros que me hacían tener pesadillas de niña. La idea de un retrato cambiando grotescamente al compás de la desgracia de mi alma era aterradora. Y aunque yo no había leído aún el libro, sabía yo que era una idea desgarradora.

Para comenzar el 2005 lo tomé. Y ciertamente es aterrador. Es la desgracia de aquel que no vé el pecado en su piel. De aquél que no tiene la remembranza de aquellos errores consigo. Que puede guardar bajo llave sus secretos mas podridos y seguirse pudriendo aunque la multitud siga viendo cómo ríe.

Es aterrador ciertamente, y con cierto lenguaje atrayente. Las piedades del siglo pasado son hermosas que ven rosas incluso donde sólo hay podredumbre y muerte. Muerte, muerte hermosa, muerte piadosa. No permitas que mi alma se destroce. No permitas que me haga tanto daño y remíteme al cuerpo los estragos.

No he escrito nada parecido hasta el momento.