Ven, siéntate… te contaré lo que me pasa por la cabeza.

Tal vez ya no sea igual que antes, muy posiblemente las cosas cambien a como cambian los árboles de hojas, a como cambian los patos de plumas después de arrancárselas furiosamente con los picos en la temporada de celo, a como cambia una servidora de oficina (y que sin embargo no cambia su sentimiento de no pertenencia), a como cambian los días en la persona de alguien aunque este no llegue a darse cuenta y piense que todos son una reproducción espontánea de las mismas cosas (como si nunca se hubiera demostrado que la reproducción espontánea no existe… y quien quiere que exista, si la reproducción asistida es mucho más divertida).

No, las cosas siguen un curso aleatorio y se mueven inconsientemente hacia un fin que no tenía nadie establecido… pero que sin embargo psicohistóricamente es posible predecir, aunque lamentablemente nadie sepa aún cómo (pero esa ignorancia del cómo es el principio básico de la psicohistoria, como bien dijera el buen maestro). No.

Los humores cambian, cambian para ser exaltados y precaria, modosa y trístemente me voy dando cuenta de que el factor imperante es el miedo. Porque si no cuál sería la razón de no meter la mano al fuego, soplarle a la sopa antes de tomar la primera cucharada, antes de irle a ponerle con las guarras del pub aquel… miedo es quizá el equilibrio básico… y yo perdí el miedo, pero no el miedo que tengo, el miedo que infundo. Ahora es sensible eso de que todos pasan sobre tí. Aunque debo de admitir que la desinformación también ayuda.

Si hago, esta mal. Si no hago está mal. Ahora no logro ni encontrar la mejor de todas las opciones porque los silencios acompañados de esas desagradables arrugas en los labios que surgen de apretarlos fuertemente para no dejar salir… quien sabe. Son silencios que aprendo y ejersco, malamente aprendo y malamente aplico. Ahora ya no vienen acompañados ni siquiera del dejo de amabilidad que provenía del miedo al silencio. Ahora los monstruos se sienten fuertes y el juramento de alianza se rompió en el momento en que supo que podría tener mayor control. ¿Quién no lo haría? Tal vez yo, que sigo siendo demasiado inocente.

Finalmente dí en el blanco y comienzan a ocurrir los pequeños desgajos que predecía ciegamente en la esquina de mi cuarto, y se los gritaba a mis muñecas y almohadas y ellas no me querían creer. Pero ocurren y los cielos se están callendo. Últimamente ya no es cómodo seguir viviendo.

Y no, no es muerte lo que espero…

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