mi papa

El viernes me tope en mi casa con una camioneta cargada hasta el tope de libros, carpetas, ropa, uniformes… una vida que se vivía en otro lado. A partir de esta semana mi padre está viviendo sus últimos días de trabajo… a finales de agosto será jubilado.

Por los últimos 3 años ha estado viviendo en una ciudad que queda a 3 horas de casa, viajando los fines de semana para reunirse con nosotras y viviendo tan sólo para el trabajo. Eso no es raro en él, es un adicto al trabajo que suele hablar a casa desde la oficina pasadas las 10 de la noche, respondiendo suavecito – “ya me voy, ya me voy” – cuando le reñimos porque sigue ahí.

Mi papá es el Ingeniero Vitamina, o así solían llamarle cuando era un joven de 25 y metía las narices en todo. Estaba a cargo del departamento de Instrumentos y sin embargo se le podía ver vagando por todas las áreas, en campo. Era tan metiche que cuando llegaban “visitas”, él era el encargado de llevarlas y traerlas, me sé una que otra buena anécdota de esos días. Solía llevar una buena vida en la oficina.

Con cada mudanza (pocas) le veía cargando casi siempre las mismas cosas de oficina en oficina. Unos zapatos bañados en bronce que estaban en su escritorio y que luego cambió por tres fotografías de jovencitas saliendo de preparatoria. Una por una las fué juntando y desde el viernes descansan sobre el televisor. Un pequeño letrero en latón que fué la primera indicación de que iba subiendo de rango, está en la recamara. Un termómetro industrial sigue en donde estaba, recuerdo de sus días de trabajador de campo, regalo para un buen amigo que se queda en la oficina.

La camioneta carga con dos libreros llenos en su totalidad, con varias pilas de carpetas memorias de todos los proyectos y cursos en los que participó. Sus maletas con ropa, que no era mucha y unos cuantos uniformes con los que no sabe qué hacer. Duda si regalarlos o guardarlos en el fondo del ropero. Dos cascos que llevaba a sus oficinas, por si acaso se ofrecía. Y debo decir que me sorprendí cuando no encontré sus clásicos juguetes, pero es que esos ya los había llevado antes a la casa: una grabadora, un stereo, sus bocinas, cables, etc). Se despidió tristemente de una cámara digital que cargaba a todos lados y ahora peleamos él y yo por la que queda en casa.

El sábado se me ocurrió acompañarlo a recoger unas cuantas cosas que se le olvidaron y me mostró sus oficinas. Me llevó por cada lugar y aunque no estaban, me iba nombrando a cada ingeniero y sus lugares. Y lo último que me enseño por una ventana casi cerrada, en penumbras y vacía fue la suya. Sé que le dió nostalgia.

Ese mismo día le pregunté como estaba… tan sólo me respondió: “Haciéndome el fuerte para no ponerme triste”.

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