La otra noche me mantenía jugando en el piso del cuarto de mis padres mientras veía una película por televisión. Solemos hablar mucho en las noches, especialmente los fines de semana antes de decidirnos por ir a la cama. Usualmente ellos dos se encuentran en la comodidad de su cama y yo me acomodo en el piso con una almohada y una vieja sábana. A veces a esas horas mi madre acostumbra retocarse las uñas, sin embargo cada vez se le hace más difícil alcanzar aquellas tan lejanas de los pies.

Ella siempre ha sido vanidosa para ciertas cosas específicas, pocas son las ocasiones que meritaban pintarse los labios, pero desde pequeña recuerdo que nunca dejaba de maquillarse los ojos. El maquillaje es algo que no existe en su cajón, pero tiene toda una gaveta de perfumes que de vez en cuando no se resiste a revisar para encontrar miles de tesoros sellados casi casi para la posteridad. Colores, zapatillas, joyas y el detalle adecuado… todo encaja perfectamente para ella.

Cada mujer hace las cosas a su manera, y no se lo discuto, a ella menos que a nadie.

Sin embargo, es curioso resaltar que en una mujer como ella, en donde el maquillaje era solo el escencial y la naturaleza de la no esclavitud que guiaban sus decisiones no depilatorias era inapelable, el cuidado que ponía a la apariencia de sus manos y sus pies fuera en absoluto elemental. Recuerdo que sus colores favoritos iban del rosa al blanco, pasando por un toque de melón y tal vez incluso un el carmín. A veces tan solo un esmalte transparente y cuando quiso ser complice de mi hermana menor, lucía orgullosa uno con diamantina de colores. No obstante todos los años y colores, no recuerdo haberla visto con barniz cascado, roto o descuidado, a comparación con mi infructuosa introducción al mundo de la pintura de uñas, en donde mira con cierto recelo mis negros colores, mis rojo sangre e incluso en una ocasión mi amarillo canario. Cierto es que no congeniamos en casi nada y el color de las uñas no será la excepción.

Si llegaba a suceder que no tuviera tiempo para un retoque, sencillamente se lo quitaba todo. Ni las uñas rotas la hacían desistir. Solía (y aun suele) llevar a pasear los colores en sus pies, enfundados en zapatillas, claro, ahora no usa aquellas de antes, de donde parecía que yo iba a caer si me las ponia y que sin embargo ella lograba hacerlas flotar. Tal vez no siga usando el mismo tamaño de tacón, pero nunca deja de pintarse las uñas, por muy difícil que se vuelva con los años… es algo importante para mi mamá.

Pero volviendo al punto en donde comenzaba…

Esa noche antes de acostarnos, antes de cerrar la puerta para marcharme a mi cuarto, vi a mi padre sentado con ella, llevaba lentes, pues ya no ve tan bien. Él cuidadosamente seguía sus indicaciones mientras manipulaba la brocha del barniz por las uñas de los pies de ella.

No he escrito nada parecido hasta el momento.