Probablemente mis letras se encuentren dispersas y desordenadas sobre mi escritorio. Miro de nueva cuenta la taza de café en dónde yace una mezcla obtusa y ya gelatinosa que me hace pensar seriamente en lo que habré bebido y recorro todo el espectáculo con mis ojos, el mismo espectáculo de siempre que parece que no ha cambiado en absoluto.

Reviso nuevamente las nuevas en el monitor, los continuos cambios que suceden en mi micromundo en donde existo… y el que a veces me asombra debido a su reducida existencia, tan reducida que puedo recordar los nombres de las personas que conosco y muy extrañamente puedo reconocerlos a todos.

Puedo llegar a toparme con desconocidos diariamente y sin embargo… si llego a toparmelos de forma continua puedo hacer un hilo de su existencia, tejer una proporción mínima de lo que me toca vivir con ellos. Así me imagino la vida de la pareja aquella de gruñones que se dedica a recoger donativos para terminar la iglesia de la colonia. Reconosco y me simpatiza la sonrisa abierta de la señora que me cede un cartón para que no le dé el sol a mi automóvil y con una franela roja me grita “viene, viene” mientras que su esposo, un tanto mayor y un poco borracho me saluda igualmente y me despide todos los días a la hora de la comida.

Y no es que se me crucen las vidas todos los días, pero… es imposible no fijarse en algunas de ellas… a como me fijo que luego me miran la pareja de enamorados que se sientan en el parque todas las noches mientras yo paseo a mi perro y que nunca dan las buenas noches y fingen que no existo y sin embargo… se que mi perro les simpatiza. O el señor que todas las noches llega vendiendo esquites y se para exactamente frente a mi casa todas las noches mas o menos a la misma hora, que es la hora en la que mi madre se las ingenia para que alguien se lo invite.

Es una red de finísimos hilos que me asombra nada mas me doy tiempo para darme cuenta.

No he escrito nada parecido hasta el momento.