Ya es la temporada. Las tiendas y los comercios lo indican. Hay que irse preparando para las fechas, todas las cosas lo indican. Y apartándose de las ideas que siempre surgen, permitiéndome un poco del consumismo que la tv y los medios me proponen, hay algo que disfruto enormemente desde nina: la ropa nueva.

Desde chica era todo un rito comprar el vestido adecuado, los zapatos adecuados, las mallas adecuadas. Mi madre disfrutaba mucho con esto y acababa obteniendo 3 muñequitas, hasta que alguna de nosotras lograba escabullirse y terminaba hecha un batidillo, como cualquier niña normal.

Como todas las niñas las 3 crecimos, llegamos a la adolescencia y las 3 pensamos que los vestidos rosa, las mallas y los zapatitos eran ridiculos y comenzamos a hacer berrinches hasta que mi madre se rindió y compramos pantalones (eso de que mi madre se rindiera solo fue un formulismo, todavía hace muecas cuando no le gusta lo que nos ponemos, pero ahora tenemos la ilusión de libre albedrío).

Y ya va siendo hora, el aparador me llama y tengo la necesidad de probarme ropa. ¿Sera otro pantalón? ¿Encontraré el largo adecuado? ¿Sera mezclilla? O me sentire finalmente una mujercita y me vestiré apropiadamente.

Ayer fui a mis aparadores favoritos, es fácil enamorarte de la ropa en el maniquí, y tambien es fácil imaginar lo ridicula que puedes llegar a lucir con unos cuantos vestidos, lo incomodo que puedes pasar la noche y el sentimiento de embutido que te embarga cuando te los pones.

Sin embargo encontré lo que buscaba… o lo que este año me hacía más ilusión. ¿Que si hay fotos? ¡Todavía no! ¿Qué acaso quieren que les arruine la sorpresa?

No he escrito nada parecido hasta el momento.