Hay noches y hay noches.

Hay pesadillas que me vienen de vez en cuando, de esas que uno no puede evitar por seguir viviendo. Y es extraño tener las mismas pesadillas de las que estuviste hablando.

Mis ansiedades nocturnas tenían mucho que no se presentaban.
Ese tipo de ansiedad que ataca cuando sueñas con la muerte de alguien. Cuando de repente comienzas a pensar “y si…” y ese “y si…” es imposible sacártelo de la cabeza. Cuando la remota posibilidad del “y si…” sea tan dolorosa que no quieres ni siquiera imaginarlo. Cuando rezas y gritas a todos los santos y todavía sientes que te falta alguno, alguno que pudiera manipular el tiempo y el espacio. Las posibilidades.

Aunemos eso a un nuevo demonio que me presenté yo sola el día de ayer. Los ojos. Por una inexplicable razón me sobrevino un sentimiento de terror ante la posiblidad de ser observada. Y sin embargo me observaban: por la ventana, por la puerta, por debajo de la cama, por las rendijas, desde el televisor, desde pequeños rincones imperceptibles; en todos lados ellos me observaban.

Comencé cerrando cortinas, pero seguía sintiendo sus ojos a través de los pequeños orificios que había. Cerré puertas, pero queda un pequeño espacio por debajo. Cerré ventanas, apagué luces, me metí por debajo de las sábanas y me cubrí entera… nada. Esos ojos seguían ahí.

Después de todo parece que no estuve sola en la noche. Sin embargo la compañía no fue del todo recomendada.

Ayer tuve mis pesadillas cotidianas. Sólo que esta vez no hacían nada… sólo me observaban.

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