Dicen que hay ciudades más hermosas y sin embargo pensando en eso, concluyo que para mí todas son igual de hermosas.

Todas contienen un sinnúmero de historias agolpándose unas con otras, conviviendo en el terrible caos de la cotidianeidad, y entremezclándose para concluir en un intercambio y préstamo involuntario de personajes que se repiten infinitamente sin saber y sin saber son protagonistas y personajes de múltiples historias desarrollándose continuamente.

No podría concluir acaso que la capital es mucho más hermosa que el pequeño pueblito perdido en los grandes mapas de mi país y que aparece tan sólo por el milagro de contener refinerías por donde fluye el aceite virgen para venderse impúdicamente al mejor postor, ya que aunque esa enorme capital ha influido en hermosos recuerdos para mi vida, ninguno es tan bello como el eterno ciclo que repetía diariamente y que se modificaba con los años paulatinamente. Podría hablar de la calle número cinco en la colonia doctores y sin embargo el número y el nombre ya no tienen ningún interés.

El interés último ya no radica en la calle donde jugaba, sino en el juego mismo que ejecutaba, en las cabriolas, en mis berrinches, en mis raspones y en todos aquellos papeles que representaba todas las tardes antes del atardecer y a veces unas cuantas horas después.

Es por eso que concluyo que la ciudad más hermosa no es aquella con los monumentos más grandes, con la historia más antigua o con el héroe más valiente. La ciudad más hermosa por lo menos contiene la historia que se desenvuelve y aquella que todavía tiene mucho que contarme. Yo vivo en la ciudad más hermosa… sin embargo a veces siento que mi ciudad se ha mudado a otro lado.

No he escrito nada parecido hasta el momento.